La leyenda de la Difunta Correa

La Difunta Correa se convirtió en una figura de adoración y devoción en gran parte de Argentina. Su santuario principal está en la localidad de Vallecito, en la provincia de San Juan, aunque hay decenas de ellos por todo el país. Basta con prestar atención a los lados de la carretera mientras conducimos, y cuando en la distancia creamos ver montañas de basura, en ese mismo lugar es posible que encontremos uno.

Aunque hay diversas leyendas, todas tienen sus similitudes. Deolinda Correa (o Dalinda Antonia Correa, según el nombre con el cual aparece mencionada en el relato más antiguo (Chertudi y Newbery, 1978)), era una mujer cuyo marido fue reclutado forzosamente durante las guerras civiles, alrededor de 1840. Este, residía en el departamento de Angaco , San Juan, donde vivía con su familia. La soldadesca montonera que viajaba a La Rioja obligó al marido de Deolinda, Clemente Bustos, a unirse a las montoneras. Deolinda, presa de la angustiada por su marido, la soledad, la pena y el amor, decidió partir tras él.

Unos cuentan que marchó siguiendo las huellas de la tropa por los desiertos de la provincia de San Juan, y otros que preguntó a un viejo borracho cual era el mejor camino para llegar hasta su marido, de cualquier manera, todos coinciden en que emprendió el camino con su hijo, todavía lactante, y que con ella llevo pocas provisiones, y tan solo dos chifles de agua.
Agotada tras caminar casi 70 km y ya sin agua ni provisiones, la señora Correa se recostó a la sombra de un algarrobo, donde murió.

Antes de morir abrazo a su hijo junto a su pecho.

Cuando unos arrieros pasaron por el lugar al día siguiente y encontraron el cadáver de Deolinda, su hijito seguía vivo amamantándose de sus pechos, de los cuales aún fluía leche. Los arrieros la enterraron en el paraje conocido hoy como Vallecito y se llevaron consigo al niño. Del cual jamás nada se supo.

Al conocerse la historia, muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, construyéndose con el tiempo un oratorio que más tarde se convirtió en un santuario. Dicen que este milagro solo ha sido uno de tantos que se atribuyen a Deolinda.

Hoy en día los santuarios están cubiertos por botellas de plástico que mucha gente abandona llenas de agua para que la difunta Correa, que se dice todavía deambula por el desierto, no vuelva a pasar sed.
Las botellas se ruedan por el campo, por la carretera y por las cunetas, juntándose con el resto de basura que no es difícil encontrar casi por todos lados.

¿Qué pasaría si una tradición, una leyenda o alguna creencia dijese de ir al campo y recoger toda la basura?

o simplemente divulgase el no tirarla.

Me pregunto cuántos de estos devotos y feligreses la seguirían.

Creo que la mayoría perderían la fe.

Lo que son las creencias.

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